Foto: Álbum Gustavo Montilla
Con la información de la reseña histórica de la escuela, solo se
toma 10 minutos componer un himno.
“Es
que tengo un don”, dice Gustavo Montilla, compositor de himnos escolares. “Desde
niño me encanta la poesía, y es este mi secreto para darle sentido a un coro y
a una estrofa”, expone orgulloso.
Su
carrera como “himnólogo” comenzó en el Colegio Privado República de Venezuela
(donde egresó como bachiller en su promoción inaugural), en la ciudad andina de
Valera. Allí escribió su primer himno.
Años
más tarde llegó como profesor de música para la escuela Eloísa Fonseca de la
misma ciudad, y asegura haber quedado impresionado de que no existiese un himno
que la representara después de más de, para ese entonces, setenta años. Fue
allí cuando solicitó su reseña histórica.
Muchas
personas pensaran que quizás se tomó toda una eternidad en escribirlo, no fue
así. Comenta que “en una noche de luna, mientras las
horas pasaban”, le dio sentido a un himno que hoy sigue vigente en
la pasión de los niños y niñas que cada mañana lo entonan en su patio central.
En
1998 partió de la Eloisa Fonseca y se encontró con otra escuela de su
localidad, la “Josefa Espinoza de Gallego”, donde tampoco existía himno.
Le
dio curiosidad que Josefa Espinoza del Gallego y Eloísa Fonseca hubiesen sido
amigas. Asegura
que en tan sólo 48 horas su nueva escuela tenía un himno, escrito en un salón
de clases, “donde solamente se veían pupitres por un lado y por el otro” recuerda.
Este himno ya tiene 17 años inmortalizando que la maestra Espinoza fue
“calidad, fe, docencia y bondad”.
Luego
tuvo que mudarse a la escuela rural del poblado vecino de Escuque, llamado
“Santa Rosa”. “Por mi mente pasaba la idea de que tampoco (allí) existía un
himno”. Escribir en música la historia de los recintos educativos, sin importar
cual fuere, se le volvió habito.
Cómo llegó a los himnos
Sentado
en el patio de la escuela pública Eloísa Fonseca de su ciudad, debajo de unas
palmeras, entre risas y en medio de un clima soleado y ventoso, el músico y
docente Gustavo Montilla narra la historia de una vida apasionada.
Nacido
en Santa Rosa, un sector de la ciudad de Trujillo (capital de la región con
mismo nombre) un 28 de septiembre de 1967, se convirtió en el mayor de cinco
hermanos, pero su niñez la vivió en de Valera.
Con
su pequeño hijo en brazos, Montilla recuerda su infancia. Como todo niño
travieso, juguetón, y arriesgado, recuerda un regalo que lo hizo soñador del
mundo de la aviación. “Mi padrino me regalo un avión tan grande, yo era
el niño más feliz del mundo”, menciona.
Los
años pasaron, sin su petición, su madre lo inscribe en un curso de guitarra,
fue así cuando superó el mundo de la aviación y nace el Gustavo “Musical”.
Para
la década de los 80 se vuelve famoso. Formó una banda de rock, el boom de su
pequeña ciudad, pero fue con una banda llamada “Caribe Band” cuando
recorrió gran parte del territorio nacional.
En
ese mundo presenció el nacimiento de una celebridad venezolana conocida como“El
moreno Michael” y compartió tarima con la Súper
Banda de Venezuela “Guaco”.
En
su familia, Montilla Daboín, no se olvidan de la existencia de un pequeño niño
con sueños de aviador. En la universidad inició una carrera en Ingeniería
Aeronáutica, “me nació la curiosidad de hacerlo, pero en el camino me di cuenta
que estaba totalmente equivocado”. En un abrir y cerrar de ojos incursionó en
el mundo de las leyes, “dure muy poco tiempo, leyes, leyes y más leyes, me
tenían perdido”.
Hoy
retumban en los oídos las palabras de doña Rosario (su madre) diciéndole a él y
a sus hermanos: “No estudien educación, no lo hagan”. En pocas palabras,
considera, “nací para esto y por esto muero, lo hago por vocación y
no por un simple pasatiempo”.
La
inercia vocacional lo enfilaba hacia el terreno educativo, particularmente en
la educación musical. Fue de esta manera que se convirtió en Licenciado en
Educación Integral, con una Maestría en Ciencias de la Educación; hecho aunado
a una ingente cantidad de cursos, foros, talleres, seminarios y otros, con los
cuales lo ha llegado a presentarse como: participante, organizador y ponente.
Ahora
es profesor en la Universidad Nacional Experimental Simón
Rodríguez y es colaborador de su la cátedra de música y artes
escénicas, así como también en el grupo de su iglesia católica, donde participa
con su esposa Zoralis Basschi de Montilla.
Para muchas personas él es todo
un autor de himnos y aunque no lo acepte, este hombre
apasionado a la literatura y versos dejó en tres colegios de una recóndita
región venezolana, la melodía de su historia y valores.
A
sus 52 años de edad, ya su labor en las primarias llegó a su fin con una
jubilación, pero sigue apostando “por una mejor
Venezuela que salga rápido esta problemática que afecta a todos por igual”,
mientras asegura no claudicar en su misión de seguir educando por medio de la
música, para encaminar a sus alumnos “por las vías del bien”, concluye risueño.
“Con un lápiz y papel, la poesía, la lectura, la imaginación, la guitarra y el piano, puedo llegar a componer, versos, coros y estrofas, que van haciendo de mi un mejor amigo de eso que le llaman música”- Gustavo Montilla

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