Imagen: Cortesía @FabiMatheusP
José Gregorio Hernández se encontró inesperadamente con la muerte el 29 de junio de 1919, poco después de las dos de la tarde. Era un domingo de coincidencias. El título de Doctor en Medicina de la Universidad Central de Venezuela le había sido conferido hacía 31 años, el 29 de junio de 1888. En el calendario religioso, ese domingo correspondía a la celebración de San Pedro y San Pablo. Mientras los feligreses acudían numerosos a rendir tributo a los santos apóstoles de la cristiandad, en las iglesias abiertas desde muy temprano para celebrar la misa dominical, por toda Caracas.
Ese día se levantó en la madrugada, como cotidianamente lo hacía, rezó sus oraciones de cada mañana, tomó su baño acostumbrado, se vistió y salió de su casa situada entre las esquinas de San Andrés y Desbarrancados N° 3. Se encaminó a la iglesia de La Pastora para cumplir con el precepto dominical, comulgó como de costumbre y de regreso aprovechó para adelantar la visita domiciliaria a sus pacientes que vivían en los alrededores de su hogar.
Fernando Bustamante, quien ponía en práctica lecciones de un aprendizaje reciente, aminoró la marcha para ceder el paso a un muchacho que bajaba con una carretilla; luego, impaciente, adelantó al tranvía detenido, aceleró para cambiar la velocidad, pero no advirtió la figura de José Gregorio Hernández que salía de la botica e intentaba cruzar la calle con los medicamentos que acababa de comprar en la mano.
El automóvil lo atropelló de lado con el guardafango. Al recibir el impacto trató desesperadamente de mantener el equilibrio, pero sus piernas vacilaron sobre el empedrado del pavimento, su cuerpo sin control pegó contra un poste metálico y luego cayó de espaldas golpeándose la base del cráneo con el borde de la acera. Sólo atinó a exclamar "Virgen Santísima" antes de quedar exánime, inmóvil, tirado en la calle boca arriba, sangrando copiosamente.
El golpe, violento y certero, fue en la región occipital, fracturó la base del cráneo destruyendo el tallo cerebral y el cerebelo. Con estas lesiones de gravedad extrema, quedó inconsciente, cesaron de inmediato las funciones vitales, la tensión arterial se apagó, dejó de respirar y se produjo un paro cardíaco. Fue una muerte instantánea, sin agonía, ocurrida prácticamente en los segundos que duró el dolor fulminante de sus heridas.

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